Friday, July 3, 2009

Destino Canadá

Me voy a la cama en un rato con un revoltijo de nervios que seguramente me dificultarán conciliar el sueño esta noche. Llevo media semana así. Mañana es el gran día; la fecha en la que me marcho a Ottawa a vivir durante cinco semanas como monitor de un grupo de chavales de intercambio dentro de uno de los muchos programas veraniegos que oferta una empresa, Red Leaf, de la que a buen seguro ya os habré hablado hasta la saciedad. Estoy bastante intranquilo (para qué negarlo), pero muy ilusionado con esta experiencia. Eso de tener a 19 estudiantes menores de edad a mi cargo durante más de un mes supone una enorme responsabilidad que afronto con el típico miedo a lo desconocido y con la esperanza de que todo salga estupendamente durante todo este tiempo. Como me ocurre siempre que viajo, no paro de darle vueltas a la cabeza a ver si llevo todo lo que necesito, y cuanto más lo pienso más siento que se me olvida algo. Casi mejor haré el último repaso a mi equipaje mañana mismo antes de salir hacia Barajas, no vaya a ser que me vuelva loco. Lo digo con conocimiento de causa: soy un maníaco compulsivo con este tipo de cosas.
El vuelo sale de Madrid a las 15.15h y durará unas ocho horas. Confío en que no surjan problemas como retrasos, adolescentes rebeldes, etc. Aterrizaremos en Montréal y desde allí viajaremos en autobús hasta Ottawa, donde nos encontraremos con nuestras respectivas familias de acogida, con las que conviviremos a lo largo de todos estos días en la capital del país. Espero que los chicos se porten bien en todo momento y que los responsables de inmigración y aduanas canadienses sean benévolos con nosotros. Sin mucho más que decir, salvo quizás recalcaros las grandes expectativas que me he creado del bonito lugar al que me dirijo, me despido por hoy. Prometo actualizar el blog tanto como me sea posible para contaros anécdotas y vivencias de esta gran aventura al otro lado del Atlántico. Será mi pequeño cuaderno de bitácora y al mismo tiempo la forma más rápida y cómoda de sentiros a todos cerca. Os echaré de menos.
Nos vemos a partir del 8 de agosto. Feliz mes de julio!

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Sunday, June 28, 2009

De los ídolos caídos

Dice mi idolatrado doctor House que cuando alguien se muere, de repente todo el mundo quiere a esa persona. En el caso de un artista de la talla de Michael Jackson, tan importante en nuestra historia musical reciente, con tantos millones de seguidores por todo el mundo, la pequeña malicia del personaje creado por David Shore se torna en una sentencia de absoluta veracidad. Desde que el corazón del Rey del Pop se parase el otro día, he asistido con sorpresa a manifestaciones desinteresadas de condolencias mediatizadas en la televisión por parte de seguidores suyos que lloraban de tristeza ante la cámara por la muerte de su ídolo. Eran sentimientos sinceros, pues nadie puede fingir esa clase de emociones: el dolor, el asombro, la alegría… Y sin embargo, nunca dejará de sorprenderme ese tipo de reacción entre personas que no conocían personalmente al protagonista de este post y que posibilemente jamás lo fueran a tratar personalmente. La música tiene estas cosas. Y en un mundo globalizado como el nuestro, con razón de más.
A mí no me ha dado por llorar frente a la tele, pero no porque no me hayan enfocado, sino porque de haberlo hecho tampoco creo que hubiera sido capaz. Y de corazón que lo digo sin pizca de ironía o acritud; no quiero cuestionar algo tan íntimo y personal como esas declaraciones de seguidores profundamente afectados por la muerte del artista. Eso sí, he de reconocer que hoy leía en la prensa un par de artículos sobre su vida y veía poco después un extenso reportaje en Cuatro, y tengo que decir que escuchar algunas de sus canciones pone los pelos de punta y un nudo en la garganta (particularmente en mi caso, con Heal the world). Por eso quería escribir esto hoy. No es un homenaje premeditado por culpa de su fallecimiento poque ya lo habría escrito mucho antes. Es sólo mi pequeño reconocimiento, tras lo que absorbí hoy de los medios de comunicación, al tío que creo que mejor ha bailado en toda la historia, con pasos irrepetibles y movimientos inimitables. No sé donde escuché que alguien dijo de él que se movía como si estuviera dentro de la música. Eso es cierto, y también que además cantaba y conectaba con la gente como pocos han logrado hacerlo.
Tampoco es que fuera el suyo mi estilo favorito, ni que la frase de House me represente por completo y me impida olvidar sus discutibles excentricidades y sus escándalos sospechosamente acallados en una vida de silencio y enigma detrás de los escenarios. Pero qué narices. Se ha muerto uno de los ídolos de la música moderna. Quizás su vida privada deje más sombras que luces, pero estos días todo el mundo debería recordarlo como el gran músico que siempre fue, posiblemente el más original y perfeccionista en décadas. Desde este humilde rincón de Internet también quiero sumarme al duelo y estupor que noticias tan desagradables como ésta siempre producen. Y no sólo por la pérdida profesional de un gran personaje como Jackson o por las miles de personas que tenían su entrada para sus últimos conciertos en Londres y se quedarán sin verlo. También porque repasar todas esas imágenes de ese frágil genio loco con mirada fantasmagórica y mansión de juguete me produce lástima. Ni idea de si hay algo de verdad en mi suposición final porque no deja de ser una intuición; pero creo que era un ídolo caído en desgracia. Uno de tantos otros que cumplen este fatídico estereotipo. Un pobre niño grande que en el fondo no era feliz. Descansa en paz y gracias por tu música. Hasta siempre, Michael.

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Monday, June 22, 2009

Aquellos maravillosos años… (Graduación)

El pasado viernes fue mi Graduación, la ceremonia que ponía el broche final a cinco años de carrera; de recuerdos y anécdotas con aroma a la universidad que me ha tocado vivir y que ha marcado con fuerza la última etapa de mi vida. En efecto ya podemos afirmar que estoy graduado. Y aunque a día de hoy no sé si licenciado (todavía me restan cuatro notas por saber), lo cierto es que me resulta inevitable sentir que todo se ha terminado ya; que el vacío que me puede en estos momentos se debe a que la facultad de Ciencias de la Información de
la Complutense forma parte, al fin, de mi pasado como estudiante.

Y curiosamente el año que viene volveré a dejarme caer por allí, para hacer un Máster que me permita doctorarme, cumplir ese sueño que siempre albergué latente en mi interior y que quizás, quién sabe, si termino siendo profesor algún día gracias a ello, acabe ligándome para siempre a este querido edificio de hormigón que ha sido mi casa durante este último lustro. Pero aún con todo eso, el vacío persiste. Parece que algo se acabó para siempre y ya no va a volver. Qué le vamos a hacer. La historia se escribe con montones de ciclos que empiezan y terminan tarde o temprano y la hora final de éste se produjo con la simbólica fiesta del viernes. Una nueva etapa irrumpe ahora con fuerza en mi vida. Se avecina un futuro de incertidumbre y dudas, pero lleno de alicientes y sueños que afronto con la prematura melancolía que me produce abandonar los apuntes y sus exámenes después de tanto tiempo, con la única certeza de que al menos oficialmente ya soy periodista y con la convicción, eso sí, de que lo mejor aún está por llegar.

Por ello, tras un periodo de larga inactividad en mi blog quería retomar hoy mi particular producción escribiendo a modo de homenaje una serie de posts que hicieran balance sobre todo este tiempo de vivencias en la facultad. Los titulo así porque efectivamente han sido unos años maravillosos. En la universidad he conocido la auténtica amistad, la que responde por ti sin preguntar nada a cambio; el compañerismo sincero, sólo posible con las personas que de verdad te valoran por lo que eres y que te quieren ayudar a ser lo que todavía no eres; el verdadero amor, aquel que te golpea de casualidad cuando menos te lo esperas y no se quiere separar de ti ni en la distancia ni en el olvido, dejándote huella para siempre. Por otra parte, también he constatado lo peor de la gente: la maldad en todas sus acepciones, la falta de educación, el egoísmo y la competitividad exagerada hasta sus máximos límites, que son la envidia y el engaño. Y es que evidentemente no todo son buenos recuerdos, pero esa concepción vitalista de la existencia que hice mía tras leer a Nietzsche en estos años maravillosos me hace valorar todas esas contradicciones como parte indisoluble de mi periodo universitario; sin duda, el más importante de mi corta vida.

Y para empezar con esta retrospectiva tan intimista sobre mi carrera, he pensado que lo más apropiado era iniciar mis reflexiones hablando precisamente de la Graduación, la culminación de esta pequeña novela de cinco episodios que se ha ido gestando en el Campus de la Complutense capítulo a capítulo, asignatura por asignatura, desde que llegase a él allá por octubre de 2004.

Cinco años después, el mismo día que tuve mi último examen, llegó la citada ceremonia. Lo primero que quisiera comentar es que a mí personalmente me hubiera gustado que se hubiese celebrado de otra manera, no lo voy a negar. Era un acto para reunir a toda la promoción de la carrera, por muy utópico que suene pretenderlo. Que realmente era imposible congregar a tanta gente en el edificio de la facultad, el lugar donde yo quería festejar la gala, tampoco lo voy a dejar de reconocer. Pero en cualquier caso, sabiendo las limitaciones que existían de antemano, lo que sí tenía claro es que deseaba algo así. Hablé con gente que me dijo que pasaba del tema, bien por no mostrarse partidaria de este tipo de formalidades, bien por no considerarla una celebración que tuviera algún sentido. Pues bien: para mí sí lo tiene. Me parece algo fundamental que todos los universitarios deberían vivir. No escondo que soy posiblemente un fetichista contumaz con este tipo de cosas, pero todas esas experiencias: las fotos de la Orla, los viajes de ecuador y fin de carrera, la propia Graduación… son actos que se quedan grabados en la memoria para siempre y que pertenecen a esa idiosincrasia tan especial de ser universitario, al mismo nivel que las clases o los pinchos de tortilla de la cafetería. Nadie que hace una carrera se los debería perder y a mí particularmente me hacía mucha ilusión realizar una cosa así para mis padres (los que me han costeado todo esto y tanto me han apoyado en los momentos difíciles), rodeado de gente con la que he convivido tantos años y que simboliza en modo alguno la culminación a tanto esfuerzo durante estos cinco años. La Graduación sirve para sentir con más claridad que has llegado al final de un ciclo y que lo cierras, aunque sea a partir de algo tan trivial como que un profesor te coloque una banda sobre los hombros con el escudo de tu universidad. Respeto que haya gente a la que no le guste o personas para las que no signifique nada y hasta comprendo que en el fondo tanta parafernalia pueda parecer un simple paripé, pero no deja de ser un bonito reconocimiento entre compañeros y familiares que me seguirá pareciendo necesario.

Dicho esto, el acto estuvo muy bien por otra parte. Las personas que tantas ganas le pusieron a la organización del evento se merecen un nuevo aplauso de los presentes y mi enésimo agradecimiento. Consiguieron crear una gala al mismo tiempo emotiva, divertida y solemne. Hubo de todo; desde el humor más bien traído hasta las reflexiones con más calado. Tuvo la duración correcta y nada sobró, salvo que quizás el vídeo con las fotos de los alumnos duró el doble de lo que muchos esperábamos.

Los profesores y el periodista invitado fueron otro dato determinante. Sus discursos, todos ellos diferentes entre sí pero con el mismo sentido de cordialidad, respeto y cariño, fueron espléndidos. En algún caso particular me sentía como si estuviese ante la última clase de la carrera, la lección más importante e influyente ante mi futuro profesional. Las siete intervenciones fueron charlas magistrales. Unas hablaban de anécdotas e historias personales; otras citaron a Homero y a grandes periodistas de la historia. Pero todas sin excepción aportaron algo: la ilusión y el ánimo para una generación de periodistas, la de nuestra promoción, que todos coincidieron en señalar que tiene muchas cosas que aportar a la mejor profesión del mundo. Y esto último no es algo que diga yo, sino el gran Gabriel García Márquez, citado en uno de los turnos de palabra.
Y finalmente, más allá del desarrollo del acto y otros pequeños matices menos interesantes o concretos, lo que sí me gustaría destacar fue lo que sentí al recibir mi beca; el momento más trascendente de esas casi tres horas de emoción contenida. A lo largo de la gala hice un par de comentarios a la gente que tenía cerca en las butacas refiriéndome a que me encontraba como si en la ceremonia de entrega de unos premios se tratase. Pues bien, el instante en el que escuché mi nombre y subí al escenario a recibir mi condecoración fue como ganar un Oscar. Sabía que a mis padres y a mi hermano esa imagen de chico delgaducho y timidote estrechando la mano de los asistentes les estaba haciendo felices. Pero yo me sentía aún más orgulloso de ellos si cabe que de mí mismo. Es una satisfacción enorme delante de tanta gente ser abrazado por unos profesores que te aprecian o saludado por otros que te respetan, según el caso. Y lo es más bajar con esa banda sobre los hombros y buscar la mirada cómplice de las personas que te quieren, familiares y amigos. Por sólo esos breves minutos de magia, la fiesta tuvo sentido. El sentido de sentarme en mi asiento, respirar hondo con el jaleo de fondo del auditorio y darme cuenta de que acababa de cumplir con una de las mayores aspiraciones de mi vida: terminar una carrera. Los abrazos de después, las pocas fotos que me llevo de recuerdo y la juerga de por la noche son simples sabores que aderezan este delicioso pastel con el que di por finalizada mi particular andadura por la universidad. Continuará…

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Friday, March 20, 2009

Con la iglesia hemos topado

Con la iglesia hemos topado. Eso dice el dicho y eso pienso yo cada vez que la “Santa Institución” abre la boca. Ya lo hago por inercia, estupefacción; estupor. Nunca dejan de sorprenderme; entenderlos debe ser cuestión de fe. Esta semana que se acaba, dos son las noticias con las que me he quedado perplejo ante la manera que tiene de obrar la Casa del Señor. La primera de ellas no es otra que la última campaña de la Conferencia Episcopal en nuestro país contra el aborto. En el cartel del anuncio puede verse a un bebé y a un cachorro de lince a su lado, y sobre el felino semi-impresionado un eslogan que reza: “lince: protegido”. El título de la imagen es inequívoco: “¿y yo?… ¡Protege mi vida!”. Ciertamente un juego de palabras de una ironía tan deslumbrante como la gracia del Espíritu Santo. Y doblemente demagógico. En primer lugar porque la Ley del Aborto no persigue dejar de proteger la vida, sino que precisamente uno de sus apartados valida que a las mujeres embarazadas cuya vida o la del feto pudieran correr peligro se les permita legalmente interrumpir la gestación. Y en segundo lugar porque el aborto tiene estipulado un periodo de tiempo límite para su ejecución, con una fecha tope fijada en las 14-22 semanas de embarazo. Así que si el bebé protagonista de la campaña es un aborto, como dice un colega mío con mucho sentido del humor, está bastante “crecidito”. Por otra parte, recientemente hemos sabido además que el lince que aparece ni siquiera es ibérico, sino euroasiático, así que quizás tengamos que sospechar que la Conferencia Episcopal no tiene muy buen servicio de documentación si lo que pretendía era atacar la conciencia de la sociedad española con una de las especies más amenazadas que tenemos en nuestro territorio. Habrá que actualizar las Sagradas Escrituras.
La segunda noticia tiene que ver con las últimas palabras del Papa Benedicto XVI el pasado martes sobre el uso del preservativo, que según él “agrava el problema del sida”. Palabra de Dios, te rogamos óyenos. Lo más sorprendente de esta historia no es la desagradable contumacia de la iglesia con su aversión por el uso del condón, ni siquiera su radical contradicción con la última campaña anti-aborto-pro-vida de los obispos españoles que mencionaba antes. Lo más triste es que el máximo responsable de la iglesia católica pronunciara esas palabra precisamente en África, un continente asolado por el sida; una enfermedad que según Reuters ha causado la muerte allí a más de 25 millones de personas desde 1980 y de la que una población estimada de 22,5 millones son actualmente portadores del virus. Y nos propone Ratzinger como solución “una humanización de la sexualidad” y “una amistad sincera entre la gente”. Amén… 

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Friday, February 13, 2009

Crónica de un concierto esperado

Escribo estas líneas todavía con una sonrisa como una rodaja de sandía. Ayer asistí al concierto que llevaba no meses, sino incluso me atrevería a decir que años esperando. En 2005 fue la primera vez que los vi actuar en directo y la experiencia, aunque especial, me supo a poco. Por eso tenía tantas esperanzas e ilusiones puestas en la reunión de ayer. Cogí el autobús por la tarde con esos nervios revoltosos que a todos alguna vez se nos han manifestado en el estómago; esos nervios que aparecen antes de la primera cita con la chica que te gusta o antes de realizar un viaje que llevas semanas organizando. Era ese ligero nerviosismo que no molesta y que gusta al fin y al cabo. Tras un largo periodo de espera de nuevo me dirigía a ver actuar a mi grupo. A Oasis.
La tarde-noche de ayer fue una delicia. Me gustaría aprovechar ahora para agradecer a Gonzalo y a sus amigos el trato que me prestaron y lo agradables que fueron en todo momento conmigo. Cuando antes de algo tan importante como el concierto de tu banda de rock favorita, las cervezas se toman en tan buena compañía, no puedes pedir más. No sé cuántas cayeron, tal vez tres o cuatro jarras de las grandes; pero esas horas previas entre risas y anécdotas estuvieron a la altura del espectáculo que nos dieron luego los Gallagher, como siempre espectaculares.
Y es que el concierto de ayer de Oasis fue una pasada. Mucho más vistoso que el de hace un poco más de tres años. Era el mismo escenario, el Palacio de los Deportes, pero parecía un mundo completamente diferente. Mientras que en noviembre de 2005 la austeridad era la nota predominante, en la velada de ayer grandes pantallas con primeros planos de los integrantes del grupo y con imágenes promocionales de sus discos llamaban poderosamente la atención iluminando de todo tipo de colores a la multitud del recinto madrileño. Se respiraba una atmósfera mucho más mágica que en su última visita a la capital, un “rollo Oasis” por los cuatro costados gracias también a la mayor afluencia de público, que había agotado las entradas hace un par de meses y que llenó el pabellón con aplausos y cánticos en cada descanso durante la hora y 35 minutos que duró el recital.
La historia comenzó según el guión que Gonzalo había previsto, con un impresionante homenaje a la historia de la banda británcia. Con el sonido inconfundible de puesta en escena que impregna el Fucking in the bushes (sí, el tema se llama “follando en los arbustos”) para saltar a la palestra y arrancar la primera euforia entre las masas ante lo que se avecinaba. Y justo a continuación, abriendo el concierto con el Rock & Roll Star ante un mar de brazos acompasándose al ritmo de los acordes que Noel se inventó hace ya unos 18 años. Después llegaron las primeras canciones del nuevo disco, titulado Dig out your soul, la excusa que servía para realizar la presente gira europea. Una presentación por todo lo alto que arrancó con el primer sencillo The shock of the lighting y al que le siguió minutos después I’m outta time.
Lo peor del concierto hasta ese momento fue la voz de Liam, más áspera que nunca rasgando el aire del Palacio a gritos desafinados que ni siquiera aportan melodía a la música, sino sólo un conjunto de alaridos rasposos que estropean la fidelidad melódica que no obstante sí logra alcanzar el grupo en cada acorde o punteo, pues es increíble lo parecido que suenan en directo respecto a la grabación en estudio. El canto (o cante) de un Liam irreconocible de pelo corto y gafas de lente redonda con ese aire a lo Risto Mejide, retorciéndose ante el micro como en él es habitual, empañó un poco el gran resultado musical de Oasis anoche y nos enseñó como sus cuerdas vocales están cada vez más machacadas por culpa del tabaco y el alcohol, una irónica premonición del tema que los de Manchester tocarían un poco más tarde: el clásico Cigarettes & alcohol, un memorable guiño a su repertorio de siempre que pasó a convertirse a eso de las diez de la noche en lo mejor del concierto hasta ese instante.
Y tras unas cinco canciones con Liam destrozándose la garganta y destrozándonos los oídos a los fans, llegó el turno de Noel con sorpresa incluída. Primero se lanzó con el Waiting for the rapture, del nuevo disco, y después contra todo pronóstico y sin rastro de trompetas de fondo como en aquella memorable noche del 96 en Maine Road; el plan maestro que se guardaban en la manga los británicos, envolviendo el ambiente de magia y de nostalgia color sepia, con esa precisosa sucesión de acordes modificados de La. Con The masterplan nos dejó boquiabiertos. Jamás pensé que llegaría a escuchar esa canción en directo, ni que esa canción en directo sonaría así de bien.
Pero las sorpresas no acabaron ahí. Algunas tan agradables como desconcertantes, tal fue el caso de Songbird, una canción menor que se inventó Liam una tarde de primavera durante una gira de la banda, en “20 putos minutos de jodida inspiración”, como él mismo declaró en su momento, y que ni siquiera se atrevió a tocar a la vez que cantaba, pese a dos acordes de nada que tiene la música. Otras, sorpresas que catalogaría de desagradables, como la ausencia en el repertorio de Live forever, uno de los himnos de los años 90, o para mí la gran decepción de la noche, tristemente predecida con éxito por Gonzalo, la inexplicable ausencia de Bag it up, la mejor canción del nuevo álbum.
A todo lo anterior hay que sumar el inconfundible estilo Oasis, sin dejar de tocar temas míticos como Wonderwall, posiblemente su canción más famosa y también la más comercial; la canción por la que yo un buen día quise aprender a tocar la guitarra, o como Slide away, una de las mejores letras de amor de la historia o, por qué no mencionarlo, el Morning Glory, para mí el tema más idóneo de tocar en un concierto, el más paradigmático de lo que es una sesión de Oasis en directo, por la fuerza que tiene y por lo mucho que gusta a la gente.
A las once menos diez de la noche, se marcharon del escenario. Todos estábamos anestesiados, pero espectantes. Los vaciles constantes de los Gallagher durante toda la actuación (anunciando una canción y luego tocando otra diferente, por ejemplo) sirvieron para que está vez ninguna de las 15.000 almas que aproximadamente estábamos allí cantásemos o coreásemos para que volvieran. Sabíamos que lo harían y que al menos restaban tres temas más. Don’t look back in anger y Champagne supernova estaban cantados.
Y así fue. El mejor momento del concierto llegó con el primero de ellos. Noel Gallagher será un capullo y un cretino, no digo que no, pero con una guitarra en las manos y ante tanta gente entregada es como una especie de dios. Tocó la versión acústica del mismo, en un estilo más romántico y personal, que es como yo pienso que mejor suena Don’t Look back in anger, la canción que yo le cantaría todas las noches en un susurro a la mujer de mi vida antes de acostarnos. Con esa letra y sobre todo esa música, el tío hizo lo que quiso, la cantó como le dió la gana y realizó hasta tres amagos al final de la letra para que el público aplaudiera tantas veces. El auditorio coreó su nombre al final. En el fondo, Noel es Oasis.
Y finalmente, tras la de Falling down, del disco de promoción, el clásico Champagne supernova para lo que todos creíamos que sería cerrar una velada de ensueño, quizás la canción que mejor cantó Liam junto con el “Cigarettes”, lo cual es mucho decir. Sin embargo, la última sorpresa estaba aún por salir a la luz, pues el concierto no acabó ni con la mítica flauta-organillo de esa melodía ni con el “we were getting high…” de su letra, sino con la cachonda I am the walrus, un tema que en realidad es de los Beatles, canción de borrachos por excelencia, que les encanta a los Gallagher y que puso el broche final con un cierto toque de humor a un enorme concierto en el Palacio de los Deportes.
En definitiva lo mejor fue el estilo Oasis presente por todas partes y esa versión de autor del Don’t look back in anger magistralmente llevada por Noel, mientras que lo peor fue la voz de Liam, cada vez más lamentable, y las sonadas ausencias de Live forever y Bag it up. Y para terminar con este interminable post, si habéis tenido la paciencia de leerme hasta aquí, me gustaría sólamente haceros dos pequeñas recomendaciones. Os propongo en primer lugar que escuchéis todas las canciones del grupo que os cito en mi crónica y ya por extensión si os molan, que escuchéis todo lo que podáis de este pedazo de grupo que a buen seguro no os decepcionará. Y en segundo lugar y no por ello menos importante, no me gustaría cerrar este larguísimo texto si recomendaros visitar el MySpace de Gonzalo, Javi y Luis, que bajo el nombre de Kaufman tocan juntos y tienen canciones guapísimas en un estilo que suena de maravilla. De momento tienen grabado su primer sencillo. Entrad aquí y disfrutadlo: http://www.myspace.com/kaufmantheband

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Tuesday, January 6, 2009

Noche de Reyes

Ayer fue la noche más mágica del año; la noche de Reyes. La madrugada en la que todos alguna vez, cuando éramos niños, hemos tenido serios problemas para dormirnos, nerviosos esperando a que llegase la mañana siguiente para abrir los regalos y llenar el salón de casa de papeles rotos de colores. Yo recuerdo cuando era pequeño que permanecía en cama con el corazón latiendo a mil por hora, la manta hasta la altura de la nariz y los ojos abiertos de par en par, como si fuera un menudito búho en constante alerta ante cualquier mínimo ruido que delatase la presencia en casa de Sus Majestades de Oriente.
Y precisamente de allí vienen los Reyes Magos, a llevar regalos por Europa a todos los niños que se han portado bien y algo de carbón para los más traviesos. Según todos sabemos, llegados del Lejano Oriente; Melchor, Gaspar y Baltasar trajeron presentes al niño Dios que había nacido en un portal en Belén. Durante toda su travesía, fueron guiados al lugar exacto por una estrella fugaz; la misma que hoy ponemos en lo más alto del árbol de navidad.
Pero más de 2.000 años después, en la cruda actualidad que vivimos, las estrellas fugaces han sido sustituidas en Belén por cohetes israelitas que destruyen edificios y matan a personas inocentes. Esta mañana, la mañana de Reyes, se cumplía el cuarto día de ofensiva terrestre del ejército israelí en la Franja de Gaza y la noticia de hoy era el bombardeo, precisamente allí, a una escuela de Naciones Unidas que cobijaba a más de 400 refugiados palestinos sin hogar. ¿De verdad pensaban que miembros de Hamás se escondían en ese lugar?
Resulta irónicamente macabro pensar que todo vale en el arte de la guerra hasta el punto de atacar a una escuela en el día de los niños. Y mientras parpadea y retruena por las bombas el cielo de esa tierra donde en una ocasión tres reyes bendijeron a otro niño con regalos, las criaturas que allí malviven y mueren se quedan sin los suyos en la noche más mágica del año. Save the Children dice en un comunicado que los muchachos corren riesgo de enfermar por el frío ya que sus padres se ven obligados a dejar las ventanas abiertas de noche para evitar que estallen los cristales por la onda expansiva de las explosiones. Imaginemos todos por un momento cómo habrán pasado la noche de Reyes los pequeños habitantes de la Franja de Gaza. Sin poder dormir, como a todos nos ha pasado alguna vez; pero por razones muy distintas.
Y yo me pregunto: ¿dónde están ahora los hombres trajeados de la diplomacia internacional para sentarse a detener esta barbarie de una vez? Y me planteo deprimido por las terribles noticias que van llegando desde allí, donde tengo cerca un amigo en misión de paz que seguramente no habrá visto esta noche a los Reyes Magos por esa zona, que quizás este conflicto es una eficaz barrera contra el afán de protagonismo de Sarkozy, misteriosamente desaparecido hasta la fecha.

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Friday, December 19, 2008

Mi terapia con el doctor RetRaiveR

-No, si es que muchas veces no sé ni donde estoy, doctor. Ando como perdido, como fuera de lugar. Me siento ninguneado en ocasiones y en otras muchas admirado; no me diga que no es para desconcertarse! Y luego encima de todo me entristezco porque pasa el tiempo y no logro mis objetivos, las metas que llevo persiguiendo desde hace cuatro o cinco años, cuando empecé la carrera. Claro que en eso tengo bastante que ver, porque soy un maldito vago y tampoco hago nada por evitarlo, pero es que dios santo! Mi vida ahora mismo es…, no sé… Es como si fuera un indivudio aislado y torpe que no logra conectar con la sociedad que le rodea. Me sigue, doctor?
-Perfectamente, continúe.
-Pues eso, que a veces me levanto de la cama y no sé por qué razón me levanto triste. Y claro, desconozco el origen de tan “apenado sentimiento”, y entonces comienzo a pensar. Y me voy a la ducha y le ando dando vueltas a la cabeza: que si yo antes no era así, que si yo siempre fui considerado por los míos como un chico muy despierto, que si le he hecho daño a mucha gente recientemente, que si hay gente que me ha hecho daño a mí… Pero luego me bajo a desayunar y sabe qué, doctor?
-Dígame.
-No hay tostadas en la alacena y me pongo de mala leche.
-Suele desayunar tostadas?
-La mayoría de las mañanas sí, acompañándolas con una pequeña taza de café.
-Entiendo… Continúe, por favor.
-Sí, lo que le decía; me enfado mucho, me pongo violento y comienzo a lanzar juramentos a todo lo que me rodea: al microondas, a la nevera, al calendario de tiras de madera del restaurante chino, etc., etc. Grito y me enojo durante un buen rato. Total, que lejos de terminar ahí mi frustración, salgo de casa y me vuelvo a cagar en todo lo que existe a mi alrededor: primero en el frío del puto pueblo en el que vivo, con lo que me acuerdo de que odio el puto lugar en el que vivo y me vuelvo a cagar en él y en sus calles heladas por el frío de la noche; a continuación en el servicio pésimo de autobuses y en el conductor calvo con cara de pocos amigos que nunca, nuca jamás y bajo ninguna circunstancia, responde a mi saludo cortés de “buenos días”, por lo que me cabreo aún más a consecuencia de ese detalle, y encima al ver su geta reluciente por las lámparas amarillentas del techo del autocar, me viene a la mente que últimamente yo también estoy medio calvo, ya sabe, por culpa de lo de mi operación, que esa es otra; luego, ya sentado en el autobús junto a alguien maleducado que me ningunea y me mira despectivo, sigo rallándome por ese tema; y, finalmente, me tiro todo el trayecto hasta la ciudad pensando que esto no funciona, que algo va mal.
-Qué le hace pensar eso?
-No lo sé; en el fondo no lo sé. Supongo que se debe a lo que le mencionaba antes cuando le decía que me siento un bicho raro. No termino de encajar en ningún sitio, sabe? Por ejemplo llego a la universidad y hablo con la gente, o mejor dicho, con poca gente, y no termino de expresarme en la misma onda de los de aquí, que me juzgan con la mirada. Pero resulta que después viajo a Galicia para estar con mis amigos de allí y tampoco consigo adaptarme a su estilo. Ni totalmente de allí, ni totalmente de aquí; así me relaciono con las personas, en un limbo de indefinición permanente.
-Y a sus amigos gallegos de aquí, a los que se encuentran en su misma situación, también les ocurre igual?
-Es posible, pero nunca les he preguntado esto.
-Cuénteme por qué motivo.
-No sé…, es que no suelo hablar de esas cosas… Mire; soy muy callado para mis asuntos, lo reconozco, es un defecto que tengo, sí: no soy nada dado a revelar mis sentimientos ni preocupaciones. Supongo que es una cuestión de principios, me entiende? No me gusta abrir mi corazón a las personas; me va más el rollito de hacerme el interesante, de dejar caer las cosas. Me ayuda a ligar, incluso!
-Ya…
-Si me enfado con una persona creo que se me nota enojado, pero luego no tengo los cataplines de ir y decirle por qué estoy raro. Siempre espero y espero para no crear, ya sabe, algún tipo de conflicto, y al final de tanto dejarlo estar me acabo olvidando por completo del asunto por el que me enfadé.
-Le pasa a menudo?
-Le diría que bastante.
-Y nunca explota usted? Nunca llega a un punto en el que no puede más y suelta todo lo que lleva dentro?
-Este verano lo hice. En una ocasión.
-Cómo se sintió entonces?
-Pues no lo sé, supongo que aliviado…
-Continúe, si es tan amable.
-Sí, digo “aliviado” en el sentido de tener valor para afrontar las cosas y por una vez en mi vida ser plenamente transparente con alguien. No sé, a veces tengo miedo de ser un rencoroso por quedarme con las cosas que me duelen de las personas ahí dentro y no liberarlas. Pero si lo hago y me libero, entonces me invade la inseguridad de afrontar la reacción de ése o ésa a quién quiero o aprecio. Usted qué opina, doctor? Soy demasiado complicado? Cree que debería ser más optimista con mi vida y no dejarme llevar tanto por lo negativo que percibo de los demás? Cree en dios?
-Creo que es bueno liberarse más a menudo, pero en todo caso a esas preguntas será usted y sólo usted quién les encuentre respuesta.
-Ah… Me lo suponía.
-No se preocupe; está haciendo grandes progresos. Sé que últimamente no está atravesando una buena racha, pero llegarán tiempos mejores y volverá su optimismo y su ilusión por la vida. Piense que hay mucha gente que le aprecia y que está con usted. Recupere eso que tanto le gusta; el tener de nuevo muy buenas relaciones con todo el mundo y demuestre cariño y cercanía a las personas a las que considere que se lo deba. Recuerde que el secreto de la felicidad está en hacer felices a los demás. Todo empieza con esa premisa. 
-Gracias, doctor.
-Y disfrute usted, hombre! Distráigase! Sólo me interesa que piense en todas esas cosas cuando venga a mi consulta. El resto del día no es necesario. Ya verá como en un par de sesiones más, se sentirá más pleno y más a gusto.
-Y qué hay de mi reciente inseguridad en mí mismo y en mi manera de ser y de expresarme? Cómo me ven los demás? Me aterra pensar que tartamudeo mucho últimamente y que tengo lagunas importantes en mi cabeza! Irá a más, doctor?
-Insisto en que no se preocupe. No beba tanto alcohol y todo irá bien en ese sentido.
-De acuerdo, sí… haré lo que me pide. En fin; muchas gracias, doctor RetRaiveR. Nos vemos a la vuelta de vacaciones?
-Eso es.
-Pues muchas gracias de nuevo, y que pase feliz navidad, y que tenga feliz salida y entrada de año!
-Igualmente, gracias!
-Hasta la próxima sesión, adiós!
-Hasta la vista!
Me marché bajando con cuidado la escalera. El doctor RetRaiveR ladeaba la cabeza de lado a lado mientras cerraba la puerta de su consulta. Ahí fuera, frío y un austero alumbrado de navidad. Ya casi es nochebuena.

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Wednesday, December 10, 2008

Cuentos en una frase II

El viejo y bohemio Cuentacuentos llevaba griposo desde que el yogurt de macedonia todavía pertenecía a Yugoslavia y desde que las telarañas de su cripta habían conquistado también la cocina, llegando hasta el fregadero mugriento. Ha sido un vasto periodo de letargo en su enorme cama de emperador de la pluma vieja, reposando en busca de la inspiración más creativa que las vistas al cementerio pudieran traerle en una brisa de espanto y hojas resecas de otoño. Pero finalmente ayer me telefoneó y me confesó su nueva ocurrencia para mi blog. Al citarme con él, en las cuencas negruzcas de sus ojos maléficos, el señor de los eruditos del más allá reflejaba cansancio contenido mezclado con ganas férreas de retomar su otra gran obra inacabada: el interminable repertorio de Cuentos en una frase. Habiéndose empapado de manuales de letrados-zombie y tras tragarse numerosas parodias de los Monty Python para saber plasmar en su estilo literario todo el humor que lleva dentro, Cuentacuentos, escritor con alma de fantasma en todos los sentidos, se decidió a proseguir con la colección abordando el tema del que mejor supo escaquearse en vida: la justicia. Con todos vosotros, tras muchos días sin actualizar el rincón del RetRaiveR, un nuevo cuento de dos líneas titulado El acusado sin-vergüenza… 

“Cuando el juez reclamó la presencia del acusado en el estrado para que le vieran las partes, éste subió y se bajó los pantalones”

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Friday, October 31, 2008

La noche de Halloween

Hace 2.500 años los antiguos celtas temían la noche de víspera de difuntos porque decía una remota leyenda del pasado, que en la unión del fin del verano con el principio del invierno, los espíritus salían de sus escondrijos aprovechando la caída del sol. Entonces, coincidiendo con los últimos rayos de luz naranja del crepúsculo, moraba entre las tumbas de los cementerios, con sonrisa diabólica y sombrero de bruja macabra, el terror de todas las criaturas. Un extraño personaje de silueta delgada, capa oscura y ojos largos y brillantes, al que las gentes, asustadas, trataban de evitar encerrándose en sus casas. Lo llamaban Halloween…
Corría el año 300 a. C. y el Señor Halloween se desperezaba en su mausoleo, entre ratas pestilentas y telas de araña en las esquinas. Esa noche saldría a dar un paseo con los lobos y a patear calabazas. Se cepilló sus dientes afilados y verdes como el musgo de los robles del norte, se vistió con su traje negro de larga capa con forma de ala de murciélago y tras ponerse su sombrero puntiagudo medio ladeado, salió de la cripta tarareando una tétrica canción de muertos vivientes. Hacía una noche estupenda con luna llena en un cielo salpicado de estrellas parpadeantes, cómplices en su infinitud de sueños intranquilos para seres de corazón noble. El Señor Halloween caminaba entre los árboles desnudos de un bosque siniestro, a paso ligero codeándose con gracia entre una maleza llena de bruma espesa de gris opaco. Por el camino asustó a dos lechuzas que lo miraban agazapadas en la oscuridad de sendos troncos carcomidos por el paso del tiempo. Sus enormes ojos amarillos enseñaron el miedo por primera vez en sus vidas. Cuando la segunda escapó volando, el Señor Halloween soltó una inquietante risotada.
Entre las lápidas del cementerio del pueblo se encontró con varios fantasmas que gritaban lamentos con profundo y amargo dolor. Pululaban entre los nichos atravesando obstáculos con nerviosismo, destellando con una luminosidad triste como nubes de tormenta. Los saludó con efusividad y se entretuvo unos minutos asustando a algunas alimañas solitarias que se acercaban al camino del camposanto.
Cuando bajó el sendero y llegó a la plaza principal de la aldea, soltó una nueva risotada. Sonó tan aguda y estridente, que las pocas luces que quedaban encendidas en varias de las casas colindantes se apagaron súbitamente, casi al unísono. El Señor Halloween disfrutaba mucho paseando por las calles vacías respirando el pánico de la gente. Le encantaba que le dejasen adornos putrefactos colgados de las puertas y ventanas. A veces incluso roía algún hueso que encontraba por ahí tirado. Era su noche favorita del año, la noche donde los aquelarres congregaban más brujas, donde los muertos se intentaban acercar a los vivos para asustarlos. Era la noche de Halloween y una sombra oscura se movía siniestra por las calles, en soledad plena.
Descendió un poco más por el caminito hacia las afueras y entró en una pequeña finca llena de calabazas. Arrancó muchas, pisoteó bastantes riendo jocosamente en cada fechoría. Arriba en el cielo, la luna temblaba con cada alarido travieso. El río sonaba triste recordando a melodía fúnebre de organillo y monstruos extraños moraban en la profundidad de sus aguas turbias. Recogió de aquella huerta la más grande de todas las calabazas que pudo hallar y la llevó consigo de vuelta nuevamente hacia el pueblo. Una vez en la plaza principal, la dotó de un rostro malvado y desafiante con dos enormes ojos como los suyos y una gran sonrisa de afiladas mandíbulas. Acto seguido, la colgó de lo alto de la fuente de la plaza en uno de los salientes de la figura de piedra y entonces, sirviéndose de una ráfaga de viento que arrastraba hojas secas de otoño consigo, sentenció berrando con furia burlona a los cuatro costados palabras de magía arcana: “Viva la noche de Halloween, temblad todos de miedo y sabed que mientras no haya luz los espectros son los amos de la tierra, para sembrar el terror a todo aquel que se cruce en nuestro camino. Aceptad el trato o asumid las consecuencias”. Y el Señor Halloween de nuevo se echó a reír, esta vez mucho más fuerte y exageradamente. Era el dueño de la noche. La noche que tras toda una eternidad se ha hecho famosa en el mundo entero perdurando hasta nuestros días. La noche que ahora lleva su nombre.

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Tuesday, October 28, 2008

Canción del borracho

En vistas de su reciente inclinación por el tema y su creciente insistencia en el mismo; he aquí un poema que con mucho cariño les dedico a los grandes aficionados al botellón. Excuso decir sus nombres porque todos sabemos perfectamente quienes son y en todo caso, el que se quiera dar por aludido, bienvenido sea. Se titula Canción del borracho y habla de todos nosotros en general y de nadie en particular. Incluso podría hablar de ti y puede que hasta ahora no te estuvieras dando cuenta.
Ay, la inspiración es una musa a la que todos queremos besar, pero cuando vamos a hacerlo se nos escapa irremediable, como un sueño al despertar. En mi caso, puedo aseguraros que vino sola esta tarde, sin necesidad de acudir a la bebida. En efecto ella no tenía nombre de ninguna marca de cerveza, aclarado quede. Iba vestida de blanco y susurraba con voz melodiosa de arpa dorada. Lástima que no me diera tiempo a besarla, aunque puedo deciros que se parecía bastante a Jennifer Love Hewitt. Me ayudó a “pseudo-plagiar” la célebre Canción del pirata (parodiarla, de hecho) para que paséis un rato divertido leyendo esta chorrada. Que me perdone Espronceda…

Con diez cubatas por mano,
mareo encima, mazada tela,
no sale del garito, lo cierra
un alegre borrachín.
Colega ebrio que llaman,
por su gran sed, El Bebido,
en todo Madrid conocido
en bar grande o chiquitín.

La música en su cabeza suena
en la barra chiquea el hielo,
y alza en tembloroso vuelo
vasos de vidrio y cristal;
y va su lengua torpona,
piropea alegre a las chicas
Sara ríe, también Leticia,
y allá al frente le mira Mar.

Traga, amigo mío
sin sudor,
que ni el bruto de mi tío
ni esponja, ni vagabundo
alcanzan tu ritmo inmundo,
ni te privan de licor.

Veinte copas
te he servido,
entre las dos
y las tres,
y has tragado
los limones
con cojones
otra vez.

Que es mi copa mi tesoro,
Que es mi dios el Brugal,
mi ley, Coca-Cola y dos hielos,
mi única patria, el bar.

Allá; hagan botellón
mis amigos fieles
por un poco más de fiesta;
que yo empino aquí mismo
cuanto trago en despotismo,
de chupitos como reyes.

Y no hay tasca,
sea cualquiera,
ni bebida
ni licor,
que no merezca
mi deseo
y dé puntillo en mi interior.

Que es mi copa mi tesoro,
que es mi dios el Brugal,
mi ley, Coca-cola y dos hielos,
mi única patria, el bar.

A la voz de “¡que te caes!”
es digno de admirar
como para avanzar al frente
da diez pasos a ambos lados;
rey de la cogorza creciente,
al que le cuesta caminar.

El Gin-tonic
yo lo ingiero,
la cerveza
igual me va,
whisky tomo
si hay riqueza,
vodka o ron
si ya voy mal.

Que es mi copa mi tesoro,
que es mi dios el Brugal,
mi ley, Coca-cola y dos hielos,
mi única patria, el bar.

Posted by Maeliño at 17:45:45 | Permalink | No Comments »