No te olvides de Contador!
Llegó el temible Angliru, la etapa reina de la Vuelta, y apareció el rey de todos los ciclistas. Su nombre es Alberto Contador y se ha ganado por méritos propios ese calificativo. A su impresionante palmarés en su desmesurada juventud se le une ese encanto tan suyo para convencer con sus declaraciones (véase caso Amstrong), siempre con la humildad y la sonrisa del campeón. La sonrisa que nos contagia e ilusiona a todos, la sonrisa del que ha conseguido escapar de la muerte cuando su guadaña ya casi le acariciaba, venciendo la carrera más importante de todas; la de la vida. Ocurrió hace cuatro años en las mismas tierras asturianas en las que ayer se vistió de oro. Corriendo la Vuelta a Asturias empezó a convulsionar y cayó de la bicicleta con heladores espasmos sobre el asfalto y con los ojos desorbitados. Nos temimos lo peor. Se le diagnosticó un cavernoma cerebral y pensamos que no volvería a correr. Pero tras largos meses de rehabilitación no solo volvió a correr, sino que regresó para ganar.
Para Alberto, ahora mejor ciclista del mundo, la diferencia entre esa Vuelta a Asturias de 2004 y la etapa que disfrutamos ayer es como una paradoja. Por aquel entonces subiendo hacia los cielos casi le atrapa el infierno. Ayer, escalando rumbo al infierno, consiguió tocar el cielo; la gloria de los pocos elegidos que logran ganar en el Angliru. Porque eso es el Angliru: un eterno y temible infierno; el coloso de todos los puertos junto al Mortirolo. Cuando en el descenso del Cordal la desgracia recayó sobre la promesa de Igor Antón, rota su clavícula contra el guardaraíles, y el Euskaltel se desmoronó, la terrorífica ascensión fue un duelo tres para tres, cosa de los hombres del Caisse d’Epargne y de los del Astana, que hasta el momento controlaba la carrera gracias al desgaste de Kloden y de Rubiera, el más fiel de todos los gregarios. Atacó primero Valverde, enrabietado por su desastroso error del otro día, valiente junto a “Purito” Rodríguez en pos de recortar tiempo y conquistar la victoria de etapa. Eso bastó para cortar a Sastre, que a duras penas aguantaba con su ritmo diésel, y a Leipheimer, que resistió la subida a su rueda. Pero a falta de seis para meta, cuando las nubes negras del cielo tendieron su emboscada sobre los corredores y la pendiente de las rampas no bajó del 20%, ahí apareció el rey Contador, con su pedaleo alegre sobre la bici, como su mirada y su sonrisa, para atacar y marcharse en solitario entre un mar de aficionados llenos de banderas y de afán de protagonismo por salir en la tele a base de empujones peligrosos.
A golpe de riñón por la dureza de las últimas cuestas, casi como la pared de un rascacielos, Contador mantuvo su ritmo endiablado entre la niebla de la cumbre del gigante asturiano, seguido a 52″ por Valverde y a un poquito más por el resto. Cuando las llamas del infierno se apagaron y la carrertera se niveló tras la cima, cuando 13 kilómetros de dolor y 40 minutos de sufrimiento tocaron a su fin, las puertas del cielo se abrieron definitivamente para él: el rey de todos los ciclistas. “Quién va?” preguntaron admirados en la línea de meta. “Yo”, gritó con rabia Contador golpeándose el pecho. “El que acaba de sentenciar la Vuelta a España”, pensó con euforia. Y dicho esto apuntó, apretó el gatillo y disparó al aire. Para que nadie se olvidara de su nombre, como pidió cierto día Javier Ares. Y sonriendo, siempre sonriendo.
El ciclismo es un deporte impresionante lleno de gente admirable. Lo supe la primera vez que vi por televisión a Miguel Induráin dando una de sus exhibiciones en el Tour. Lo supe desde que conocí a Jaime Ramos. Gracias a él, llevo enganchado a este mundillo de las bicicletas desde hace algo más de tres años, con la gran suerte encima de haber coincidido en el mejor momento de nuestro ciclismo en mucho tiempo; nuestro resurgir desde la época de sequía de Amstrong, con grandes jóvenes talentos que ahora despuntan, como Pereiro, Contador o Valverde, los dos primeros, ganadores de las dos últimas ediciones de la ronda gala.
Ha sido tan maravilloso que estaba deseando escribir. Por fin somos campeones. Campeones de Europa. Se acabaron todos nuestros miedos, todos nuestros complejos y decepciones. Desde ayer ya sabemos como se saborea la miel del éxito y qué se siente cuando es tu equipo el que levanta la copa rodeado de confeti ante los ojos de Europa y del mundo; ante los ojos de todos. Nos lo merecíamos por muchas razones. Habíamos estado esperando demasiado tiempo para disfrutar de algo así; cuarenta y cuatro años de travesía por el desierto del fracaso. Muchos no lo habíamos vivido e incluso algunos pensábamos que nunca seríamos capaces de lograrlo. Pero lo hicimos. Y ahora ya conocemos la dulzura de cambiar las lágrimas de la desilusión por las de la alegría y la euforia. Que nadie se las seque.
Tanto “podemos, podemos” que al final por fin pudimos. La Selección Española rompió su particular maleficio en los grandes campeonatos consiguiendo su pase para las semifinales de la Euro 2008 de Austria y Suiza, eliminando para ello nada más y nada menos que a Italia, actual campeona del mundo. Ese era, por cierto, otro de los gafes con los que había que terminar; el de no ser capaces de vencer en competición oficial a un equipo campeón del mundo. Nunca lo habíamos hecho y por fin lo logramos. Y es que ayer era una noche para quitarnos todos los complejos de encima y romper con una historia de pesimismo y mal fario que ha durado demasiado tiempo. España, selección abanderada de una de las mejores ligas del mundo, no podía ni merecía seguir cargando con ese peso; con un lastre que conjugaba tantos elementos adversos: los temidos cuartos, los enfrentamientos contra los campeones, la aciaga suerte de los penalties, los encuentros en fecha 22 de junio… Ayer por fin terminamos con esa acumulación de injusticias y mala suerte que tanto agobio y presión nos creaba, que tanto nos perseguía. Anoche finalmente cambiamos el signo de nuestra historia y exterminamos a todos nuestros fantasmas. Y el arma definitiva estuvo en la portería.
SÍ! Después de una sufrida temporada, después de mucha tensión, de verlo todo perdido varias veces, al final, el Estudiantes ha ratificado su permanencia en la ACB en la última jornada tras imponerse al León por 71-96. Paradójicamente, en el partido más tranquilo del año, en el que mejor ha jugado y además logrando algo que no había conseguido en todos los encuentros anteriores: ganar tres consecutivos.
Afortunadamente, los mayores disgustos de mi vida me los ha dado el fútbol. Ayer fue uno de esos días. Creo que todos íbamos con el Getafe; un equipo que hace algunos años, yo ni siquiera sabía que existía y que la temporada de su ascenso a Primera División, recuerdo que marchaba quinto a pocas jornadas del final y ya era un éxito celebrado por el club y sus aficionados. Ahora es el orgullo de nuestra liga y el asombro de Europa entera. El fútbol guarda para sus adentros historias fascinantes que a veces salen gloriosamente a la luz. Y ayer el Getafe, un equipo modesto de una pequeña localidad madrileña que Beckenbauer, con engreído desprecio, se aventuró a ningunear; se tiñó de gloria. Salió a jugar bien, a plantarle cara a todo un Bayern de Munich; a dar un verdadero ejemplo de sacrificio, entrega, espectáculo y compañerismo. A dar en suma, una lección de lo que deben ser los verdaderos valores del deporte, en medio de un Coliseum lleno de ilusión teñida de azul y frente a un grupito de estrellitas multimillonarias tocados por la suerte más cruel e injusta que hasta por dos veces les permitió salir airosos de la eliminatoria.
Y por cierto: donde estaba Luis Aragonés a la hora a la que se suponía que venía a mi facultad para hablar de la Eurocopa? Plantón a última hora con la televisión por allí y todo! No seré yo el que critique su repentina ausencia sin conocimiento de causa, pero a falta de excusa o justificación alguna, uno no puede evitar ser malpensado y sospechar si no estaría Luis preocupado porque su comparecencia consistiese más bien en tener que dar explicaciones sobre ciertos renuncios que ha estado protagonizando desde el Mundial. Ay, no me gusta insinuar estas cosas, pero qué sencillo resulta prometer la asistencia a un acto con universitarios y qué complicado es luego cumplir la palabra dada. Raro es el día en el seminario Deporte y Comunicación de la Complutense en el que no falta algún invitado. Realmente están tan ocupados? Realmente tenía Luis tantas cosas que hacer? Espero que no haya sido nada grave para él ni para su familia y que todo le vaya estupendamente, pero con una disculpa explicando qué le ha ocurrido, se podían haber evitado estudiantes cabreados, profesores que no saben donde meterse, una última jornada de un seminario suspendida… y gritos de “Raúl, Raúl!” al acabar el frustrado acto.
